El Blog de Lengo Safaris

Relato Irene Xavier

«De Suiza a Serengeti: 8 días en el norte de Tanzania», por Irene y Xavier

El primer animal que vimos en Tanzania fue un pájaro de plumas brillantes azules y naranjas picoteando aquí y allá en el parking del aeropuerto de Kilimanjaro. Emil, el guía, nos comentó que era un estornino y yo pensé que qué mal lo había hecho la evolución si había regalado a Europa la versión del estornino parda, fea y gritona. Tardamos poco en comprender que en realidad en África los colores brillan más y son más intensos, como gemas bruñidas.

Estornino tanzano

Al entrar a Arusha nos recibieron las jacarandas en flor. Las mirábamos atónitos en aquellas primeras horas pisando Tanzania, cansados del viaje. Desde la ventanilla del jeep, observábamos aquel ajetreo de gente, bicis, puestos de comida y coches Toyota intentando entender y evaluar aquel sitio donde íbamos a pasar 8 días. Parecía árido, pero cuando subimos al Karama Lodge, pegado a las faldas de la montaña, nos encontramos una vegetación exuberante y tropical, lleno de ardillas, monos y estorninos.

Emil con Irene y Xavier

El segundo animal que vimos fue un ñu en las afueras de Tarangire. Como nos había pasado antes con Arusha, nunca habríamos imaginado algo como aquel parque. Los animales tan cerca, los elefantes cruzando las pistas, bañándose en las charcas, jugando en las manadas en el río; las jirafas abanicando las pestañas lentamente bajo el sol o los antílopes y los facóceros moviéndose con el culo respingón entre los arbustos. Le expliqué a Emil que estos animalitos nos parecían la mar de divertidos. ¿Divertidos? ¡Sí, sí! ¡Divertidos! Emil terminó aprendiendo que los animales no solo se podían dividir en mamíferos y aves; o en peligrosos y pacíficos sino que también podían ser aburridos o divertidos. Al final del viaje también le enseñé la palabra “cuqui”, y para entonces estábamos de acuerdo en que la jirafa era sin duda divertida, y el bebé elefante cuqui; la mangosta nos pareció un poco aburrida pero una tortuga de tierra podría ser divertidísima, tanto como la melena de un león o los pedos de un hipopótamo. Los ñúes, al número 366 eran un poco aburridos, y las cebras divertidas por fotogénicas; las gacelas Thompson, del tamaño de una cabra, definitivamente eran cuquis y los dikdik adorables. Los grandes felinos constituían una categoría aparte, claro, hermosos, elegantes y regios como son. Los sercopitecos que se cuelgan de los árboles en Tarangire eran divertidísimos, hasta que tuvieron a bien robar parte de nuestra almuerzo y decidimos que “ladrón” era también una clasificación válida.

ÑuJirafa

Leona

 

 

 

 

 

 

 

 

Al salir de Tarangire, dormimos en Eileen’s Tree, en Karatu, donde la tierra es de un color rojo intenso y tiene unas preciosas puestas de sol sobre las montañas del Ngorongoro. Eileen’s Tree conserva un ambiente propicio para el viajero amigable; es ese lugar donde te tomas una Safari o una Serengeti con otros turistas y conoces nueva gente; pero la pandemia ha vaciado estos hoteles y solo nos quedaba el Wifi con los amigos ya conocidos mientras leíamos en la guía información sobre nuestra próxima parada, el Ngorongoro.

Ñu

Teníamos muchas ganas de ir a Ngorongoro. Las razones son muchas, pero podríamos resumirlas en que es un cráter, que es un accidente geográfico de por sí excepcional; que en cuyo entorno todavía viven los masais (con quienes los tanzanos tienen una relación peculiar); y que tiene una población estable de rinocerontes y un gran lago interior. No sabíamos antes de ir que la subida al parque es verde y densa, llena de humedad y bruma, como una escena de Gorilas en la Niebla. Y también descubrimos que hay un momento en que cruzas la cumbre de la montaña y debajo de ti está el mundo perdido, una planicie enorme, con grandes manadas de ñus y cebras salpicando la hierba. Ngorongoro es ese sitio que ves en foto y no entiendes hasta que te asomas a él.  Vimos allí a nuestros primeros búfalos (a los que, por seguridad, no nos atrevimos a clasificar en divertidos o no) paciendo y observándonos desde el pasto. Y luego, claro, un hipo a lo lejos al lado de los flamencos y una hiena dormida un poco más allá, junto al agua. Y las hileras de ñus cruzando el terreno, las gacelas y las garzas y las grullas y los elefantes. Incluso un serval, caminando sigilosamente a nuestro lado. No vimos ningún rinoceronte, pero vimos en cambio entre las hierbas una leona vieja, magullada y herida que intentó cazar dos facóceros sin demasiado éxito.

Rinoceronte

Dormimos en el Rhino Lodge. Modesto en las instalaciones, completamente vacío, nos dio un momento inolvidable cuando en aquella mañana de fin de septiembre abrimos las ventanas y vimos, tranquilamente, a un elefante comiéndose los árboles del jardín.

El camino desde Ngorongoro a las puertas del Serengeti es largo, polvoriento y con baches. Como todos los viajes que hacíamos de un lado a otro, aprovechábamos para hablar con Emil. Que cómo era la vida allí, que si quería algún día visitar Europa, que nos enseñara palabras en swahili. Aprendimos pronto a decir hola y adiós, y los animales y algo de masai. En el camino hacia la entrada del Serengeti, nos paramos a hacernos una foto con la reproducción del cráneo de Lucy y nos prometimos volver para visitar el yacimiento.

Emil

La entrada del Serengeti, emocionante, va acompañada por cierta espera ligada a la burocracia. Estas cuestiones de papeles son, probablemente, las más frustrantes durante el viaje. Como exploradores en potencia claramente era un inconveniente: es evidente que Livingstone no tenía que andarse con estas historias.

Los dos días y medio que pasamos en Serengeti aprendimos a querer a Emil más que nunca. En aquella inmensidad sin referentes, se movía ágil de un lado para otro, hablaba en Swahili por la radio con otros guías, esquivaba baches y mientras nos contaba su vida se volvía rápidamente hacía un árbol a 100 metros y decía: ¡un leopardo! Y ahí, moviendo la cola de un lado a otro, el felino más bonito del mundo, dormía en las ramas de un árbol salchicha. Pasó más veces, claro: con tres guepardos durmiendo la siesta entre espigas amarillas. Con más leopardos, pero sobre todo aquel primer día en que nos movíamos en lo que parecía una búsqueda sin rumbo determinado y de repente nos encontramos ante el rinoceronte negro. Uno de los pocos. Al otro lado del parque, de su casa habitual. Ahí estaba. Quiso embestirnos pero se le pasó. Derramamos alguna lagrimilla.

Guepardo

Nos costó encontrar el león, siempre más ocupados en rugir y estar guapos que en ayudar en las tareas de cuidado, comida y crianza de las leonas, que tumbadas al sol, nos regalaban caricias con la cabeza. Pasamos varias veces entre jirafas e hipopótamos, acompañados por su inconfundible hedor. Y vimos las hienas, animales infelices y descoyuntados, que entraban en la categoría de aburridas sino fuera por las escalofriantes risas que nos acompañaron una noche.

Leona

Nuestro alojamiento fue el Bush Camp. Hay algo raro y colonial en dormir en un sitio de lujo en mitad de la sabana. Meryl Streep en Memorias de África. Pero ver amanecer desde allí fue un privilegio difícilmente olvidable.

El último día del Serengeti no tuvimos mucho éxito: unos topis, varias hienas, unos jabatos de facóceros, un león a lo lejos. Pero ocurrió que casi ya a la salida, nos detuvimos a ver una guepardo no muy lejos del coche. Nos quedamos ensimismados y ella, poco a poco, se nos iba acercando. Se restregó contra él jeep y sin demasiada floritura, tuvo a bien subirse a la rueda de repuesto. Con nosotros dentro. Y ahí estuvo, un buen rato, oteando el horizonte mientras nosotros le hacíamos fotos entre susurros.

Emil, Xavier e Irene

Se lo contamos, por supuesto, a todo el mundo. Enviamos vídeos, comentarios de instagram, audios histéricos. No lo sabíamos entonces, pero estábamos cerrando ya la etapa de safaris. El Lago Manyara, al día siguiente, fue impracticable porque los caminos estaban inundados. Vimos monos, babuinos y calaos, pero poco más. Visitamos el pueblo de Mto wa Mbu, paseando entre plátanos y niños alegres. La noche la pasamos en Ngorongoro Forest Tented Lodge, bañándonos en un jacuzzi al tiempo que atardecía. El día siguiente lo pasamos casi todo en la carretera. Nos paramos desde un bar cerca del aeropuerto, y tomamos una cocacola con Emil mientras veíamos la cumbre del Kilimanjaro.

Safari octubre 2020

Tanzania es un viaje que te invita a la aventura. De pronto quieres ver más, conocer más, viajar más. Ir de Safari trae recuerdos de infancia y te hace sentir ilusionado con cada animal que vemos, cada paisaje que descubrimos. No podemos más que animaros a conocerlo con Lengo.

Irene y Xavier

@irene.dlloris

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